• El umbral más allá de la puerta de la locura Roja. Parte 3

    1

    -Tal vez, y solo tal vez, sí estoy loco- Dijo aquella voz- Por mucho tiempo soñé con poder salir de estos muros, y ser libre. La vida me ha mostrado que eso simplemente no me es posible-

    De alguna forma, el esperaba que la oscuridad que lo envolvía como un manto le diera algún tipo de respuesta. Una justificación del por qué ahora estaba encerrado en este cuarto acolchado.

    -Dicen que soy peligroso. No los culpo. Es la respuesta racional que cualquier persona tendría con alguien que habla solo y es propenso a tener ataques de pánico y en ocasiones, de violencia- Una vez más, sus palabras flotaron en el vacío. No había nadie que las escuchara, pero el insistía en hablar. En contar como había llegado allí.

    -Podría contarte la historia de mi vida, y tal vez adornarla un poco. Decir que tal vez fui abusado de niño, o que crecí en medio de una pobreza absurda. La verdad, es que no fue así. Tal vez no fui el hijo de un magnate, pero nunca me faltó un techo y un plato de comida. Sin embargo, en mi corazón siempre existió un hambre que era difícil de saciar-

    Su rostro tomó un ceño meditativo. Sus ojos de alguna forma trataban de enfocar algo en medio de la oscuridad. Los ojos de su memoria podían ver hacia el pasado con la claridad del día. A un punto en su historia donde no había dolor. Solo una dicha enorme que le llenaba el corazón hasta hacerlo estallar.

    -La primera vez que vine al mundo, creo que fue hace unos cuatro mil años. En aquel entonces, la mente de los hombres aún era relativamente joven. Debo admitir que era bastante curioso ver como estas criaturas habían logrado tanto en un tiempo tan relativamente corto. Digo, no mucho antes de que yo llegara, ellos aún caminaban en cuatro patas y se mecían en los árboles-

    En su boca ahora se asomaba una sonrisa – Creoo…creo que aún quedaba parte de ese espíritu animal en ellos. Es decir- se relamió los labios antes de continuar su frase tratando de saborear sus palabras- en ellos estaba ese instinto asesino que los había llevado al tope de la cadena evolutiva. Este instinto ahora estaba disfrazado de muchas cosas. Dioses, moralidad, disciplina marcial-

    Su rostro ahora se había inclinado, y su mirada ahora se enfocaba hacia arriba. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra, y ahora le era posible discernir el patrón cuadrado de la colcha suave del cuarto donde estaba encerrado.

    -Creo que fue en ese momento, ¿sabes? Fue en ese momento que yo vine a tener una verdadera conciencia de donde estaba, y de cual era mi papel. De alguna forma siento que yo los ayude a canalizar y organizar ese impulso asesino. Si no los hubiera guiado, la humanidad se hubiera autodevorado en el mar de sus pasiones y conflictos. Siento que he sido el padre y el hijo de la humanidad-

    -Pero no eres hijo único y también hay una madre, ¿verdad? – Respondió otra voz.

    -Creo que no lo soy. También para engendrar algo, necesitas de dos partes opuestas. Caos y orden. Templanza y venganza. Vicio y virtud, paz y guerra…. Ella ya sabe quién es, ¿verdad? –

    Cuando terminó de hacer su pregunta, el cuarto se ilumino. La luz le lastimaba los ojos. No sabía cuanto tiempo había estado a oscuras.

    -Si. Ella ha perdido su camino. Va a venir a buscarte, y cuando lo haga…bueno, no va a ser bonito. En parte, tú eres culpable de que haya estado encerrada en aquel cuerpo frágil y temeroso por tanto tiempo-

    -Lo hice porque la amaba- Su voz denotaba cierto dolor. Un nudo se había formado en su garganta -Ella ya no tenía lugar en el mundo. Las guerras ya no son como antes. Todo tiene un orden, y ella lo amenazaba-

    -Pues que mal que pienses así. Algo ha detonado su despertar. Ya le dije quién era. A fin de cuentas, yo soy una extensión de su ser que la ayudo a encontrase a sí misma. Ella está furiosa, y va a descargar ese dolor contra este mundo vacuo y falso que has creado.

    -Cuando me encuentre- Respondió aquella voz con cierto temor- toda mi obra corre el riesgo de desaparecer. Debes ayudarme a contenerla. Ella nunca supo cómo lidiar con sus apetitos violentos. Acaso, ¿no te preguntas el por qué decidí adoptar este cuerpo. Esta apariencia de lunático. ¿Del por qué opte por esconderme? El mundo ya no es como antes, y tampoco hay un lugar para mí. Esa es la belleza de mi obra, del orden que había creado que ella se rehusó a apreciar-  

    -Tal vez la muerte sea lo mejor- dijo aquella voz- Orden a través de la guerra, o libertad a través de ella. Creo que muchos van a preferir lo segundo. Lo que tus llamas orden, no es más que una farsa que le ha permitido a la humanidad corromperse. Volverse cruel y egoísta. Sus guerras no son más que campañas de odio que le permiten a unos cuantos volverse más gordos y poderosos usando la miseria y la ignorancia de muchos. No hay honor en ellas, de la misma forma en la que no hay honor en el destino vacuo y sin esperanza al cual la habías condenado a ella-  

    Cuando termino de decir esto, sus palabras parecieron flotar en el aire, como el humo de una hoguera que es recién apagada. Aquel hombre solo se limito a meditar en silencio, desmenuzando cada palabra que había salido de los labios de esta mujer. Degustando la amargura en la que habian sido bañadas, como dagas envenenadas en el arsenal de un asesino.  

    -Ya empezó-dijo aquella mujer -Ya no hay marcha atrás…-

    2

    Ella no supo con exactitud como es que todo había empezado. Su nombre era Dora, y llevaba veintidós años trabajando como enfermera en el hospital psiquiatrice donde Claudia fue remitida luego de haber hecho pedazos a su jefe.

    Para ella esto solo era el pan de todos los días. Ella siempre había sido una criatura despreciable, que se deleitaba con el dolor de los demás. El trabajar como enfermera en este lugar le ofrecía una oportunidad de oro para satisfacer su retorcido apetito por la miseria ajena. Cualquier chance de aumentar la agonía de lo que ella consideraba como la basura de la humanidad, era bienvenida. A pesar de su crueldad y sadismo, nunca tuvo que encarar las consecuencias de sus acciones. Así mismo, ella siempre tenía cuidado de elegir a sus presas, y de saber cuando era el mejor momento para infligirles dolor.

    Esta noche, ella y otros ocho enfermeros estaban a cargo de vigilar a las pacientes y de recibir a nuevos huéspedes. Su turno terminaba a las seis de la mañana, hora en la que otros ocho enfermeros los relevarían. Sin embargo, esa noche ella no terminaría su turno.

    Durante toda la velada las otras internas habian estado particularmente alteradas con la presencia de Claudia. Esto era normal cuando llegaba alguien nuevo al pabellón ya que algunas de ellas podían ver por las ventanillas de las puertas de sus habitaciones quien era ingresado. Luego de ello, empezaban a gritar, lo que a su vez alteraba a las demás.

    Sin embrago, está vez había algo que era mucho más inusual en su humor Muchas de ellas habian empezado a golpear las puertas de sus cuartos hasta hacerse sangrar los nudillos. Otras empezaban a gritar y a aullar como fieras poseídas hasta quedarse sin voz.

    Durante esa noche, Dora y sus asistentes tuvieron que ir de cuarto en cuarto para sedarlas. Lo más insólito, era que luego de media hora de ser medicadas, ellas recobraban el conocimiento. Una vez despiertas, ellas retomaban su coro de ira demencial. Otras con renovado y febril vigor, empezaban a golpear las puertas de sus cuartos con tal fuerza que pareciera que estuvieran a punto de tumbarlas. Estas mujeres nunca habian mostrado semejante fuerza y con mucho esfuerzo, los enfermeros pudieron amarrarlas con camisas de fuerza y correas a las camillas de sus habitaciones. Dos de ellos terminaron con un par de dedos rotos cuando intentaban inmovilizar a una de las pacientes.

    Aunque esto evito que ellas se siguieran haciendo daño, de igual forma seguían gritando hasta perder la voz.

    -Si pudiera, entraria a cada cuarto y las ahorcaría a todas- Pensó Dora con amargura en algún momento durante la noche. Ella simplemente estaba asustada ante la resiliencia sobrenatural que sus juguetes habian adquirido aquella noche. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que tuviera el control y esto la aterraba profundamente.

    Eran las cuatro de la mañana. Solo un par de horas más antes de terminar su turno. Ella debía ir a revisar como se encontraba la nueva paciente. Los gritos del pabellón se habían apagado de forma parcial. Algunas de las mujeres aún podían gritar, mientras otras solo podían gruñir de forma gutural y ahogada.

    Sus ojos le pesaban. Su cuerpo le dolía y les pedía día a gritos descanso, pero este era un lujo que no podía darse todavía.

    -LA REINA DE LA MUERTE ROJA VIENE- Grito una de las internas desde su habitación. Dora estaba tan cansada que aquel grito no la tomó por sorpresa. Ella solo se limito a seguir caminando hacia el cuarto donde estaba Claudia, quien a pesar de la locura de toda la noche, estuvo particularmente callada. La cámara de seguridad instalada en su cuarto solo mostraba a una mujer profundamente dormida debido a los fármacos que le habian inyectado. De vez en cuando, los enfermeros podían ver como los dedos de sus manos o sus piernas se contraían un poco en pequeños espasmos.

    -Debe estar soñando- dijo Andrés, el enfermero de especto nervioso mientras monitoreaba a las cámaras desde la sala de control.

    El cuarto número 8. Aquí fue donde dejaron a aquella mujer. De todas las nuevas pacientes que habían llegado, esta chica le parecía particularmente más repulsiva. Ese rostro bonito como de niña que albergaba a un monstruo capaz de despedazar a un hombre.

    -La locura es un pecado que yo estoy dispuesta a castigar- se había dicho una vez así misma en el baño del hospital, una noche mientras se preparaba para iniciar su turno -Dios no tiene amor para los locos, los suicidas, y los lunáticos- Este era el mantra que se repetía una y otra vez. Para ella, no había malicia cuando debía someter a golpes a una de sus pacientes para poder inyectarle o darle su medicina. No era un abuso cuando debía arrastrar de los cabellos a una adolescente suicida que, entre gritos y llanto, se rehusaba a tomar una ducha.

    No había nada de malo con embutirle con fuerza y dolor la comida a una anciana senil que no podía comer, o que simplemente por su condición había perdido la voluntad de vivir. Para ella había placer en forzar, maltratar, e insultar a aquella criatura vieja y despreciable para que se alimentara, o en clavarle una sonda nasogástrica con el mayor dolor posible.

    Dios le permitía hacer estas cosas sin repercusión alguna.

    Finalmente estaba en la puerta del cuarto número 8. Al igual que su compañero la noche pasada, luego de revolver un poco entre un pesado juego de llaves, pudo abrir la puerta.

    -Vamos a ver como esta la loca- Dijo para sí misma mientras entraba. A unos pasos del umbral, estaba la camilla donde Claudia había llegado. Ella estaba ubicada de tal forma que le daba la espalda a la puerta. En un inicio, Dora supuso que aquella mujer seguía allí, amarrada como cuando había llegado.

    Cuando llego al lado de su cama, ella ya no estaba. Un nudo frio se formó en su estómago, mientras sus ojos escaneaban aquel lecho vació donde debería estar aquella mujer. Las correas que la sujetaban estaban hechas pedazos. El colchón donde su cuerpo descansaba mostraba unos cortes profundos. Era como si allí hubieran amarrado un animal particularmente feroz, que con violencia se había liberado.

    – ¿DONDE ESTÁ ESTA LA LOCA? – Dijo en un grito ahogado que parecía más un gemido, mientras su mano derecha buscaba el radio que siempre cargaba en su cintura. Ella debía reportar esta situación al resto de sus compañeros de turno. Antes de que su mano pudiese tomarlo, ella sintió que algo le agarraba la muñeca. Era una mano fría y áspera que la sujetaba con una gran fuerza que la lastimaba. Por un momento pensó que se trataba de la zarpa de un animal muy grande.   

    -La loca está aquí- Le susurró una voz en el oído. Antes de que pudiera darse la vuelta, Dora se vio así misma volar por los aires antes de ir a parar contra una de las paredes del cuarto. Cuando su cuerpo aterrizo pesadamente contra el duro y frio piso de mármol, un dolor caliente y rabioso la mordía desde el codo hasta la base del cuello. Aturdida, pudo ver que ya no tenia antebrazo, y donde alguna vez estuvo, solo había un muñón de carne destrozada.  

    Antes de que ella pudiese empezar a gritar, una figura se abalanzo sobre ella agarrándole la mandíbula con una mano. Su rostro estaba a solo unos centímetros del suyo, y era cubierto por un Bozal parcialmente destrozado a través del cual se podía ver su boca. Su cuerpo desnudo mostraba unas marcas hechas por la presión de las correas que alguna vez la sujetaron.

    Su respiración era caliente, al punto que al salir de su boca parecía vapor. Sus dientes parecían cuchillos blancos y acerados que ella mostraba en una macabra sonrisa asesina. Sus ojos estaban fijos en su rostro. En total, su expresión era de retorcido placer.

    – ¿Así que estoy loca? – Dijo ella susurrándole – ¿Eso es lo que le dices a todas las mujeres de este lugar? Tal vez si lo estoy. Pero es lo que pasa cuando llevas tanto tiempo encerrada, y olvidas cual es tu propósito. Es lo que pasa cuando habitas un cuerpo débil que otros gusanos usan a su gusto. Es lo que pasa cuando estás encerrada en una prisión en donde trabajas como esclava, y nadie valora lo que haces- Dora lloraba de forma ahogada. El terror se había apoderado de su mente y corazón. Ya no era capaz de conjurar un solo pensamiento racional.

    – ¿Sabes algo? Creo que ya es hora de recordarle a este mundo cruel y egoísta el verdadero significado de la existencia- Mientras miraba hacia la puerta de su cuarto, Clàudia soltó una risita. Ella había llegado a una epifanía, y ahora había caído en cuenta de lo fácil que hubiera sido todo si se hubiera dado cuenta antes de esa verdad que había pasado por alto.

    -En serio no puedo creer que haya perdido tanto tiempo jugando a ser una buena niña. Siendo sumisa y dejando que otros me pasaran por encima. Ya se quien soy. SOY BELLONA- Rugió ella de forma triunfal.

    -SOY LA DIOSA DE LA GUERRA Y LA MUERTE VIOLENTA. SOY EL DOLOR DE LOS OPRIMIDOS Y PISOTEADOS HECHO CARNE. YO SOY SU ESPADA RAPIDA Y TEMIBLE. SOY SU DESEO DE VER A LA HUMANIDAD, CRUEL E INJUSTA, AHOGARSE EN UN MAR DE SANGRE Y LAGRIMAS-

    A dora le costaba mantenerse consciente. El dolor que con furia la apuñalaba desde lo que había sido su brazo derecho, se había reducido a un hormigueo. Su respiración agitada, ahora se condensaba en contra de la palma de la mano de esta mujer. Un sabor salado y agrio ahora le llenaba la garganta. Sus parpados se sentían pesados. Sus palabras llenas de rabia y gloria que ella proferia, ahora eran ecos ahogados en algún lugar lejano y distante.

    Antes de sucumbir ante la pérdida de sangre o aire, ella sintió una nueva punzada de violento dolor en su quijada. Por aquel breve instante antes de morir, ella pudo recobrar la conciencia y caer en cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

    De un solo movimiento, Claudia le había arrancado la mandíbula con una mano. Sus ojos pudieron enfocar a aquella mujer que sostenía su quijada como si se tratase de una especie de trofeo, que luego tiro al suelo con desdén. Ella se dio vuelta para salir del cuarto. Una a una, Dora podía escuchar como las puertas de las otras habitaciones se abrían, y un coro de voces femeninas suplicaban que las liberasen.

    Poco a poco ella perdía la conciencia. Sus últimos recuerdos antes de dejar este mundo serian los gritos de horror de los otros enfermeros mientras eran destrozados por Claudia y su nuevo ejército.

    -SALVE MADRE. SALVE BELLONA. SALVE REINA REDENTORA DE LOS CONDENADOS- Estas fueron las últimas palabras que llegaron a sus oídos antes de morir. Palabras que vitoreaban las otras mujeres que habian sido liberadas por aquella bestia lunática y asesina que alguna vez fue un tímido ratón de oficina que muy pocas veces se atrevió a levantar su voz para protestar.

    Ahora el mundo conocería el significado de la verdadera retribución pagada con sangre, y de todo el horror que conlleva pagar esa deuda.

    Fin de la tercera parte.

  • El umbral más allá de la puerta de la locura Roja. Parte 2

    1

    El agua cura a los locos- Dijo una voz detrás de ella. Había algo burlón en las palabras de aquel individuo que la irritaba, pero ella parecía no tener energía para sentir rabia.

    -No deberías decir eso estando en turno, y más teniendo al paciente en frente- dijo otra voz con cierto tono de sumisión. No podía ver el rostro de aquellas voces que parecían flotar detrás de ella, pero de alguna forma podía darse una idea de que clase de individuos eran. Una era una persona débil, y la otra, cruel.

    «Flotar» se dijo así misma. “Estoy flotando” fue el pensamiento que con mucho esfuerzo pudo conjurar. Algo estaba mal. Su mente era una sopa de pensamientos incompletos que parecían derretirse como la cera de una vela encendida. Su mirada era borrosa, y le era casi imposible enfocar los objetos que tenía al frente. La cabeza le daba vueltas, y sentía en el estómago un nudo frio que trepaba por su garganta

    -¿Y esta loca porque está aquí?- Volvió a decir la voz cruel. Aquellas palabras parecieron quedar suspendidas en el aire unos instantes, dándole más tiempo a ella de saborear el veneno que contenían. Algo en ellas parecía ahora no causarle rencor, sino una extraña sensación de expectativa. Casi que, de alegría, a pesar de sentirse tan extraña y debil. Aún así, no podía entender el motivo de esto. Detrás de ella, pudo distinguir el particular sonido de hojas de papel siendo movidas.

    -dice aquí que…wow..- replico el individuo débil. -Dice aquí que ella canibalizo a su jefe. Por lo visto, del pobre tipo no quedo mucho que fuera reconocible. Eso explicaría los guardias armados que nos acompañan-

    Cuando aquel payaso termino de decir esto, su mente pareció recuperar la habilidad de formar pensamientos más estructurados. Fue allí cuando se dio cuenta que estaba acostada sobre una especie de camilla, y que su cuerpo estaba sujetado con unas correas.

    En su rostro había una especie de bozal o mascara que no le permitía abrir mucho la boca. Ella podía sentir que su cabello estaba frio y mojado y que le empapaba la espalda. Al parecer, no llevaba ropa como tal. Solo una enorme bata blanca que la cubría hasta los tobillos.

    -La llegada de un nuevo paciente siempre altera a los otros residentes- dijo la voz débil. No había caído en cuenta, pero ahora era consciente de los gritos desesperados de dolor y locura de otras mujeres a su alrededor. Una vez más, aquella sensación de expectativa volvió a invadirla. Algo en los gritos de miseria le provocaba una sensación de mariposas en el estómago. Como si estuviera enamorada. Una parte de ella comenzó a sentir revulsión hacia si misma por tener estos pensamientos.

    -¿Ya casi llegamos?- Preguntó una tercera voz masculina con tono de autoridad.

    -Ya llegamos- dijo la voz cruel. Acto seguido, Claudia dejo de flotar en su camilla. Frente a ella, había una puerta de acero con una única ventana cuadrada.

    A su campo de visión, luego entro un hombre joven vestido de enfermero. Era alto, y nervudo. Su rostro parecia el de un niño nervioso que llevaba varios días sin poder dormir, como denotaban las bolsas negras dejabo de sus ojos. Habia algo comico en su apariencia de esqueleto. Este sostenía un pesado juego de llaves. Luego de buscar un rato entre estas, finalmente pudo encontrar la que abría este cuarto. Luego de forcejear un poco con la cerradura, finalmente la puerta se abrió con un chirrido de bisagra oxidada, y el paso adentro. El suyo sería el cuarto número 8 del pabellón.

    -Creo que ya se le paso el efecto del anestésico- Dijo mientras la miraba a los ojos de forma desdeñosa -Ya se está despertando la loca. Creo que sería bueno darle otra inyección de Diazepam-

    Una luz se encendió. y ella fue introducida a su nueva habitación. Luego de unos instantes, una mujer robusta, tal vez de unos 45 años, entro en escena. En sus manos, sostenía una tabla con unas hojas. El rostro de esta mujer era el de alguien duro que no tiene paciencia para la gente. Su cabello estaba recogido detrás de su cabeza, con una liga en forma de cebolla. Sus mejillas hinchadas le daban la apariencia de un perro de guardia. El detalle que más le llamo la atención, era un lunar que tenia en la cornisura izquierda de sus labios. De alguna forma, solo acentaba el caracter inmisericorde de su rostro.

    Antes de que ella pudiera empezar a gritarle, sintió que algo le punzaba el brazo derecho. Poco a poco, sus parpados se cerraron como pesadas cortinas, y sus pensamientos se evaporaron antes de darle paso a un sueño muy profundo.

    2

    «¿Bellum, o Belona?» decía la mujer que tenía en frente. Claudia no estaba segura de que estaba sucediendo. Ella recordaba que hace unos días, tal vez, ella había asesinado a su jefe cortándolo en pedazos con un hacha. Al menos eso es lo que recuerda que ocurrió. Sin embargo, lo que cuentan los policías, y su alterada amiga, es que ella de alguna forma lo canibalizó.

    Por lo que cuentan (y hasta donde puede recordar) parecía que aquel pobre diablo había sido atacado por un animal salvaje. Esto no tenía el más mínimo sentido, ya que ella era una mujer relativamente pequeña comparada con aquel difunto cerdo. Así mismo, ella no cuenta con aquella fuerza bestial que le atribuyen para despedazar a un hombre adulto, que es de lo cual se le acusa.

    -Al fin no has respondido a mi pregunta- Volvió a decir la mujer que estaba sentada en frente de ella. Claudia supuso que tal vez tendría unos 25 años. De pies a cabeza, vestía de blanco. Llevaba puesto un largo suéter de lana y pantalones de drill. Estos, acompañados de un bolso de cuero que le colgaba del hombro derecho. Su pelo también era blanco, y le llegaba casi hasta la cintura. Era liso como la seda.

    -No entiendo a qué te refieres- Respondió ella mientras a su cabeza llegaba la imagen de su amiga Janeth, quien gritaba de forma histérica al haberla encontrado a ella sobre el cuerpo destrozado de su jefe.

    -¿Que es este lugar? ¿yo que hago aquí?-

    Aquella mujer solo se la quedó viendo en silencio. Su mirada denotaba cierta preocupación que parecía ser genuina. Algo en su rostro le recordó a su madre. Cada vez que ellas iban a una feria o a un parque, con una sonrisa, ella siempre le preguntaba qué clase de helado prefería «¿chocolate o vainilla?» Ella murió cuando Claudia tenía catorce años, colgándose de una viga que había en su cuarto. Claudia nunca pudo entender por qué se había suicidado.

    -Creo que sabes perfectamente en donde estás. Es solo que tienes miedo de responder a la pregunta que te hice, y de tomar responsabilidad por las acciones que has tomado de forma reciente-

    -YO SE QUE ESTOY EN UN SANATORIO, UNA CLINICA PARA LOCOS, YA QUE ESTOY LOCA Y MATE A MI JEFE CON QUIEN ME HABIA ACOSTADO EN LA FIESTA DE DICIEMBRE PASADO- Dijo claudia en una súbita explosión de violencia.

    Aquella mujer pareció no verse afectada por esto. Ella solo se la quedó viendo, y al final solo se limitó a reírse.

    -Ay mi Claudia- Dijo entre carcajadas- El que seas promiscua y que sea más fácil que abras las piernas luego de unos tragos, no tiene nada que ver con que estés en un sanatorio. En cuanto a lo de tu jefe, si me preguntas el muy cerdo se lo tenía merecido-

    De su bolso de cuero, ella saco una caja de cigarrillos. Tomo uno, y con un encendedor lo prendió. Justo en frente de ella, empezó a fumarlo. Era como si esta persona estuviera tratando de llevar a cabo una conversación casual con una vieja conocida.

    -Es cierto que estás en un sanatorio- prosiguió aquella mujer -sin embargo, y si me lo preguntas, yo no creo que estés loca- Cuando termino de decir esto, expulso una gran bocanada de humo. Claudia no sabía que decir. Había algo muy bizarro en esta situación.

    Fue en ese momento que se dio cuenta que había algo en este lugar que no encajaba con su situación actual, o lo que podía o creía recordar de ella. Es más, ella no recordaba como había llegado a este lugar, frente a esta mujer.

    -Oye, pero, ¿dónde están mis modales? ¿quieres uno?- Dijo aquella mujer mientras le ofrecía la caja de cigarrillos para que tomara uno. Parecía que de alguna forma ella podía sentir que su invitada se estaba empezando a sentir alterada.

    -¿Dónde estoy?- Finalmente dijo Claudia -Este no es el sanatorio, ¿verdad?- Aquella mujer que hasta el momento esbozaba una sonrisa cordial, ahora fruncia el ceño.

    -Oye, pero sí que eres pesada- Dijo la mujer con cierto tono infantil, mientras volvia a guardar la caja de cigarrillos y el encendedor en su bolso -Pero si somos amigas, ¿que acaso no confías en mí?

    -No, no confió en ti- Dijo Claudia secamente. Ciertamente ella no reconocía a esa mujer. Tampoco reconocía este lugar. Este lugar en donde estaban, un claro en medio de un bosque frondoso.

    -Oye, pero si te salve la vida- dijo aquella mujer, una vez más con aquel tono infantil de reproche -Ese maldito de tu jefe te quería violar. Yo solo intercedí para que no lo hiciera-

    Al escuchar esto, su boca se abrió de par en par -¿Como que me quería violar? ¿Como que intercediste?- Pregunto Claudia, completamente estupefacta. Al preguntar esto, mil preguntas corrían por su cabeza ¿Acaso en verdad se había vuelto loca, y había creado algún tipo de personalidad alterna? Acaso, ¿todo esto era un sueño, o una alucinación generada por los fármacos que le habían inyectado? ¿QUE DIABLOS ESTÁ PASANDO?

    -Ay mi vida- dijo la mujer, quien ahora parecía impacientarse -Eso ya no viene al caso. Lo importante es que tenemos que salir del sanatorio en donde nos terminaste metiendo. Es por ello que te pregunto otra vez, ¿Bellum o Belona?

    Ahora era Claudia quien empezaba a impacientarse. De sus mejillas, corrían amargas lágrimas, como las que había derramado aquella noche donde toda esta pesadilla febril había comenzado. Ahora, su respiración se aceleraba y la cabeza le daba vueltas.

    -¿QUE ES ESTE LUGAR?- Dijo casi al borde de la histeria.

    -¿Pos tú que crees? Si no sabes, pues mira al piso-

    Cuando hizo esto, se dio cuenta que en el suelo había dispersos gran cantidad de cráneos humanos. De hecho, todo el suelo del bosque, y hasta donde se podía ver, estaba cubierto de estos. Esta imagen hizo que Claudia gritara horrorizada. Ella nunca había visto cosa semejante.  

    -DIOS MIO, ¿PERO QUE ES TODO ESTO? Dijo mientras trataba de no perder el equilibrio, y caer sobre este océano de huesos.

    -¿No lo recuerdas?- Dijo la mujer que ahora empezaba a encenderse otro cigarrillo. -Son los hombres, las mujeres y los niños que has asesinado a lo largo de las eras. Son tus conquistas obtenidas en incontables batallas, luego de derramar la sangre de aquellos más débiles o indignos-

    -YO NUNCA HIZE ESTO- Respondió ella. Sus palabras eran entonadas con una furia demencial -¿QUIEN ES USTED? ¿DONDE ESTOY? ¿QUE ESTA PASANDO?

    -¿Que está pasando?- Respondió la mujer, con un tono más solemne -has perdido tu camino, y estoy aquí para ayudarte a recuperarlo. ¿dónde estás? Esto es un Gólgota, un sitio de matanza. En este caso, y como ya te dije, representa todas tus victorias pagadas con la sangre y los cráneos de tus oponentes. ¿quién soy yo.? Es una pregunta un poco más compleja…-

    Debajo de sus pies, y entre aquel crujiente océano de huesos, Claudia podía sentir que algo caliente y viscoso empezaba a subir por sus pies hasta llegarle a las rodillas. Cuando sus ojos voltearon a ver hacia abajo, pudo ver que ahora estaba parcialmente sumergida en sangre.

    -Bebé- Dijo aquella mujer, ahora con un tono de voz más conciliador -lo que te tienes que preguntar en realidad es quién eres tú-

    Su mente, agobiada por lo que sucedía, no era capaz de conjurar un solo pensamiento coherente. De su boca, ahora solo salía una especie de quejido ahogado. Sus ojos desorbitados y desbordados por las lágrimas, trataban de enfocarse en la mujer que tenía en frente. Ahora la sangre la cubría hasta la cintura, y podía sentir como seguía subiendo hasta cubrirle la cabeza y los brazos, hasta dejar únicamente su rostro visible.

    Finalmente, algo en su cabeza cedió, y se dejó llevar por aquella marea viscosa y caliente. La sangre ahora entraba por su nariz y boca, dejándole un sabor salado y vagamente metálico. Ella podía sentir como le llenaba los pulmones, pero no se sentía ahogada. No sentía miedo o angustia. Solo una inmensa sensación de paz, mientras era devorada por este cálido océano carmesí.

    -¿Quién soy yo?- fue el último pensamiento que logro conjurar, antes de quedarse dormida.

    -Eso es fácil de responder- Dijo aquella mujer. Esta vez su voz se escuchaba como si estuviese en un lugar distante. Cada letra en esta frase, tenia un tono particularmente ensoñador que la sumergía más y más en aquella sensación de paz. De nirvana.

    -Eres la Diosa de la guerra-

    Fin de la segunda parte.

  • El umbral más alla de la puerta de la locura Roja. Parte 1

    -Terminas a las doce de la noche hoy- fue lo que le dijo su jefe de turno cuando paso por su escritorio.

    -Eso no es lo que decía mi contrato- Se limitó a responder ella, mientras seguía con la cabeza clavada en una pila de papeles que se supone que debía entregar antes de que su turno acabara a las 5.

    -Pues que quieres que te diga Claudia- Dijo su jefe de forma condescendiente – Se nos fue la mitad del personal, y a todos nos toca poner  nuestro granito de arena en lo que se resuelve todo este mierdero-

    -¿Y por eso es que te vas dos horas antes de que acabe la jornada?- Fue su respuesta. Sus manos ahora habían dejado de escribir. Su rostro, lívido y al borde de las lágrimas, ahora lo miraba fijamente de forma desafiante. Mientras ella hacia esto, el no reparo en devolverle la mirada. Aquel tipo desagradable solo se limitaba a ponerse el abrigo, y a recoger sus pertenencias de su escritorio.

    -Espero tener esos reportes que te pedí, a primera hora mañana en mi escritorio- Dijo mientras terminaba de alistarse -Más te vale dejar de tener esa actitud. Deberías darme las gracias-

    -¿Gracias de qué?- Ahora gruesas lagrimas corrían por sus mejillas. De él. solo tuvo silencio como respuesta. El solo se limitó a caminar por su lado, sin siquiera dirigirle la mirada. Ella pudo escuchar como el lector electrónico de seguridad aceptaba su tarjeta de acceso, y le permitía salir de la oficina.

    Ella quebró en un llanto amargo que rompía el silencio que inundaba el lugar, inundándolo con una melancolía espectral que nadie hubiese podido tolerar.

    Pasaron las horas, y ella seguía trabajando. Sus lágrimas ya se habían secado, pero en su boca aún quedaba el sabor salado de las mismas. Sus ojos le ardían, y sus mejillas se sentían calientes. Ella no quería estar allí, pero aún le faltaban otras cinco horas para terminar su turno. Así mismo, el trabajo parecía seguir acumulándose.

    Nuevas órdenes de envió. Nuevas quejas por parte de los clientes que pedían reembolsos. Quejas por parte de los proveedores que pedían no enviar más solicitudes de reembolsos ya que a este paso quebrarían. Quejas acerca del porque la etiqueta del producto ya no tenía la foto de aquel bebé negro y ahora era blanco, o del porque ahora era negro y no blanco. Quejas sobre…Dios….cuantas quejas.

    Sus dedos ahora le empezaban doler. Ya llevaba una semana de corrido trabajando sin descansos. -Todos nos tenemos que ayudar-Habían sido las palabras que su jefe también le había dicho cuando este frenesí de trabajo había comenzado.

    Sin embargo, ella no podía evitar sentir que era la única que tenía que trabajar el doble o el triple que el resto. Tal vez era debido al hecho de haberse atrasado con unos informes un par de semanas atrás, o tal vez se debía a que ella se había acostado con su jefe en la fiesta de navidad de la empresa el año pasado.

    El trago fue abundante aquella noche, y el, no le pareció tan feo en ese momento. Una cosa llevo a la otra, y antes de que se dieran cuenta, estaban en un sórdido cuarto de motel fornicando como un par de animales en celo.

    Desde ese entonces, ir a trabajar se había vuelto una especie de tortura china. Ninguno de los dos fue capaz de hablar sobre lo ocurrido aquella noche de diciembre, lo que generaba gran tensión y resquemor entre ellos. No es necesario aclarar que luego de lo sucedido, ella empezó a ser el blanco de toda clase de abusos.

    -Tal vez es eso- dijo en voz alta -La vida me tortura por ser una puta- El silencio fue la respuesta que tuvo. A esa hora, no había nadie en la oficina. Ni siquiera las personas que se encargaban del aseo del lugar estaban cerca.

    Ella luego de decir esto, solo se limitó a suspirar. Sus ojos cansados y ardientes volvieron a fijarse en la pantalla que tenía en frente. En ella, había una respuesta por correo electrónico que decía -VAYANSE A LA MIERDA :)-

    Solo eran palabras inertes en una pantalla que no tenían una voz. Ni siquiera se dirigían a ella, sino a la empresa. A pesar de esto, ella podía sentir como se le revolvía el estómago de la rabia. Era una sensación caliente que subía por su garganta, y se extendía por sus brazos y piernas.

    Sin pensarlo dos veces, agarro la pantalla con ambas manos, arrancándola de su sitio, y la lanzó al otro lado de su oficina. Allí, estallo en mil pedazos en contra de la pared que había impactado. Fue en ese momento que ella dio un grito de rabia pura. Era una especie de grito de guerra que la invitaba a darle rienda suelta a su pasión, y así lo hizo.

    Usando su silla a modo de martillo improvisado, destrozo por completo su escritorio, y la torre del computador que estaban sobre él. Luego se dio la vuelta hacia el aparador donde estaban los equipos contra incendios. Una manguera, un extintor, y un hacha.

    Esta última le llamo la atención. Una vez más usando la silla, rompió el cristal del aparador, haciéndolo volar en mil pedazos. Sus manos, femeninas y delicadas, en cierta forma contrastaban con el objeto que sostenían.

    Ella no se dio cuenta en un inicio, pero en su ira, se había cortado las manos. Hilos de sangre ahora bajaban por sus antebrazos, y bañaban el mango del hacha que sostenía. Con furia jamás vista en una mujer, Claudia empezó a destrozar todo lo que había en la oficina. Cada tajo que propinaba con su hacha, era una especia de sacrificio hecho a su nombre, y a nombre de la agonía en la que se había convertido su existencia.

    Ella cada vez más se perdía en su frenesí, al punto que cuando partía o destrozaba algún computador o silla, podía ver la cara de su jefe. Tan vividas eran estas visiones, que podía escuchar como antes de que el hacha cayera sobre cada una de las representaciones de aquel viejo sapo, este le pedía con gritos y llanto que le perdonara la vida

    -CLAUDIA, POR FAVOR NO ME MATE- Decía aquel hombre empapado de sangre y mocos. Ella se deleitaba con macabro placer el ver como sus sesos e intestinos se desparramaban por todas partes cada vez que lo tajaba con el hacha.

    En un punto, usar el hacha ya no le daba placer. Ahora empezó a usar sus manos, y para su deleite, era mucho mejor. Ella podía sentir como su carne caliente se hacía trizas entre sus dedos. Podía sentir como sus pulmones aplastados y en estado de agonía, luchaban por arrastrar el aire y seguir con vida. Podía sentir como su aliento caliente y empapado en sangre le salpicaba el rostro. Pero por sobre todo, ella amaba sentir como sus huesos se quebraban y astillaban en sus manos, al arrancarlos de la carne que los cubría..

    -¿QUE FUE LO QUE HIZO CLAUDIA?- Dijo una voz familiar. Era Janeth, su compañera de oficina que estaba frente a ella. Su rostro estaba pálido, y sus ojos abiertos como un par de lunas llenas, expresaban horror y asco.

    Detrás de ella, había un guardia de seguridad que pedía por radio refuerzos, una ambulancia, y que alguien llamara a la policía. Una de sus manos sostenía un revolver. El al igual que Janeth, miraba la escena con una mezcla de asco y horror.

    Fue ahí cuando ella cayó en cuenta que una vez más estaba en el mundo real. Sin embargo, había algo que no estaba bien. La oficina no estaba hecha pedazos. Todos los muebles y computadores estaban en perfecto estado.

    Sin embargo, ella pudo sentir que sus manos estaban cubiertas de algo. Era una sustancia pegajosa y espesa. Cuando sus ojos miraron hacia abajo, pudo ver que sus brazos y cuerpo estaban completamente cubiertos de sangre.

    Ella pudo darse cuenta que estaba sobre un cuerpo destrozado que apenas era identificable como el de un ser humano. Su mano derecha sostenía lo que parecía ser un corazón, y su mano izquierda, la cabeza destrozada y apenas reconocible del que en vida había sido su jefe…..

    Fin de la primera parte.

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